Acababa
de amanecer y ella se encontraba en su balcón observando la ciudad.
Como cada mañana pensaba como administrar mejor su reino. La reina
de fuego seguía su rutina de forma estricta todos los días. Le
gustaba y la disfrutaba. Pero como por todos es sabido, esa mañana
sucedió algo que alteró su normalidad y la de cualquier ser vivo a
lo largo de los nueve reinos. Una bola de fuego cruzaba
majestuosamente el cielo negro de cenizas y hollín, su fénix traía
lo que nunca debieron ser noticias .
Las
llamas incandescentes daban forma al pájaro. Era un fénix real. Con
cada nacimiento de heredero en Fireland, del volcán situado bajo el
castillo del rey, emanan dos huevos de fénix real. Uno de ellos es
para neonato y el otro es para quien el ó ella decida a lo largo de
su vida. Del huevo, una esfera de magma, nacerá el fénix cuando su
propietario más lo necesite.
El
fénix de la reina nació cuando la segregación de Pandorium en los
nueve reinos actuales. La muerte de su padre puso fin a la gran
guerra. El reino de Fireland finalmente sólo conservaría su
capital. Teniendo ella 16 años y siendo hija única, se encontraba
sola y asustada por tener que asumir el trono de un pueblo
destrozado. Reconstruir un imperio tras una guerra nunca fue sencillo
y menos si tu reino descansa en las faldas de los insomnes volcanes
de Pandorium. Esto forjó su carácter muy rápidamente. En apenas
unos años, había reconstruido su ciudad y los medios de vida de sus
ciudadanos. Sus súbditos vivían con normalidad una década después.
Eran autosuficientes y parecían felices. Ellos mismos se impusieron
la amnesia como norma para seguir adelante. Pero el pasado quedó
clavado en ella y desde el momento que puso en orden su reino, empezó
a trabajar para que nadie volviese a molestar la paz de los suyos.
Según
las leyendas, sus antepasados fueron desterrados a aquellas
inhóspitas tierras por la oscura criatura que reinaba en todo
Pandorum. En una semana todos los miembros de la familia estarían
muertos. Al cuarto día, una de las pocas supervivientes, la hija más
joven de la familia, se negaba ver morir a sus padres. Estos, ya
ancianos sin apenas bebida y comida, estaban sucumbiendo a los
problemas respiratorios creados por los vapores de las erupciones
volcánicas. Desquiciada, se tiró a la lava cantando la canción
infantil con la que su madre conseguía que se durmiera cuando estaba
en la cuna. Mientras caía el fuego la rodeó y le pidió por favor
que siguiera cantando, mitigaba su dolor. La joven sonrió y le
dedicó su mejor actuación. El fuego agradeció el gesto abrazando a
la joven, ningún fuego la quemaría jamás a ella ni a su familia.
Fuego les dejó vivir en sus dominios y poco a poco les dio el poder
para vengarse de aquel que los había dado por muertos.
La
reina sólo tenía una certeza, su sangre era real. Era descendiente
directa de aquella joven, era hija del fuego. Había conseguido
desentrañar todos sus secretos hasta fundirse con él. Dominaba a
las feroces bestias que vivían en los volcanes. La lava corría por
sus venas y convertiría en cenizas a cualquiera que osara destruir
el mundo que había creado. Había llegado más lejos que nadie.
El
contacto de la piel con las llamas de un fénix produce una herida
que no cicatriza jamás, sólo puede ser tocado por su amo. El fénix
se posó en su hombro y le susurró al oído lo que había pasado y
le dio una estrella de nieve perenne que traía en sus patas.
La
reina no daba crédito a lo que estaba pasando. Dio de comer al fénix
y se dirigió al interior del castillo. Avanzó hacia la cámara
donde siempre pensaba en él. La noticia de que su mas fiel aliado le
había traicionado y matado a todos sus guardias de la frontera le
había consternado. No era sólo su aliado, era su mejor amigo. Llegó
a la entrada de la cámara. La puerta se abrió. Era una habitación
enorme, sumida en la más profunda oscuridad. No había suelo, ni se
podía intuir a que altura estaba el techo. La oscuridad sólo la
rompía un gran árbol helado que brillaba tenuemente y se encontraba
flotando en un trozo de tierra blanco. La reina avanzó a través del
invisible suelo y a su paso se encendían pequeñas llamas que
intentaban dibujar un camino. La puerta se cerró apagando las
llamas. El hielo que cubría todo el árbol comenzó a brillar de
forma aún mas fuerte y era lo único que daba luz a la habitación.
En la
gran guerra, él único aliado que tuvo su padre fue un joven rey de
la misma edad que ella. Tras el entierro de su padre y el final de la
guerra fueron grandes amigos. La gran relación que hubo entre sus
reinos fue temida por el resto, lo que les sirvió a ambos para
protegerse de más ataques. Pero cada uno se debía a su pueblo y se
tuvieron que separar. Él partió a su reino, al norte de Pandorium,
a las montañas heladas y no volvieron a verse en persona. Antes de
irse se intercambiaron un regalo cada uno. Él le había regalado ese
árbol. Cada doscientos años, en las tierras de Frostworld, nacía
una planta envuelta en hielo. Al crecer se convertía en un árbol
cuyos frutos eran estalactitas. Al madurar, estas caían muy
lentamente ignorando la gravedad, mientras se convertían en una flor
única con fragancias nunca olidas por el ser humano. No había dos
flores iguales, ni dos aromas similares. Estas nunca se marchitaban
ni perdían su olor. Según le contó el joven rey de Frostworld,
antes de caer la última estalactita del árbol, el hielo comenzaría
a derretirse junto con el árbol y al tocar el suelo se convertiría
en una semilla azul. Que daría vida al nuevo árbol y este nacería
a los doscientos años del nacimiento del anterior. A la reina le
encantaba ir a la cámara del árbol y oler las nuevas flores, con
ellas daba olor a sus habitaciones. También le gustaba esconderlas y
olvidar que estaban ahí y maravillarse al descubrir de nuevo su
fragancia. Muchas veces se había quedado dormida esperando a que
cayera una nueva estalactita.
La
caída de una nueva flor, la despertó de sus recuerdos. La cogió y
la olió. Olía bien, le gustaba, como todas. Aquel maldito bastardo
le había traicionado, desde hacía dos meses no mantenía
correspondencia, una correspondencia que era casi diaria desde que se
separaron. Al principio se asustó pensando que le había pasado
algo, pero las noticias corren muy rápido en Pandorium y si le
hubiese pasado algo malo se habría enterado. Había estado
preparándose para una guerra contra ella. ¿Por qué? La reina no
entendía nada, pero debía proteger a su pueblo. Según las noticias
ya deberían haber atravesado la frontera y estarían a dos días de
la ciudad. Sintió angustia al pensar en la guerra. No entendía a
los hombres y su afán de poder. Le aterró la idea de que la gente
de la ciudad, volviese a pasar por ese sufrimiento por su culpa. Ella
había creído en él y le había enseñado sus secretos, sabría por
donde atacar. Los había vendido a todos. Ancianos, niños, hombres y
mujeres iban a sufrir por su debilidad. El dolor la estaba
envenenando. La ira recorría todo su cuerpo. Su pelo se volvió de
color rojo. La flor empezó a arder hasta convertirse en ceniza en su
mano. Ella tenía algo que su padre no llego a comprender del todo,
el fuego.
-Guardias,
formad al ejercito- gritó.
La
habitación entera quedó iluminada por decenas de ojos de fuego que
se abrieron al unisono. La reina destinó a su guardia real a vigilar
el árbol desde el momento que se lo regaló. Siempre debían estar
escondidos en la oscuridad hasta nueva orden y así habían hecho
durante todos estos años. Vestidos con una túnica con capucha, sin
pies y cuchillas enormes de espada como manos, empezaron a elevarse
mientras gritaban como desperezándose después de tantos años de
aletargamiento.
El
cielo empezó a rugir, rayos de fuego y una tormenta de ceniza y
polvo anunciaban que estaban en guerra. De sus tumbas empezaron a
salir todos los muertos enterrados en los volcanes. Eran esqueletos
de huesos rojos por la temperatura que se habían mantenido bajo
tierra. La gente del pueblo alertada por los guardias de la reina,
comenzó a recolectar alimentos para el ejercito y a forjar armas
para la guerra. La amnesia se fue de repente y esta vez sabían que
tenían que actuar todos juntos para no tener que volver a olvidar. A
pesar de estar atemorizados por el aspecto de estos hicieron su
trabajo rápidamente.
En el
volcán del interior del castillo se escuchó un aullido que rompió
las cortinas de las habitaciones de todo el edificio. También había
despertado para la ocasión la mascota preferida de la reina. Un
enorme perro envuelto en llamas moradas ladraba ansioso por ayudar a
su dueña. De sus fauces salían llamaradas.
Esto
es sólo una pequeña parte de lo que tengo para ti- pensó la reina
mientras salía de la cámara – has iniciado un tipo de fuego que
sólo puede apagar tu sangre.
Estuvo
tentada de quemar el árbol pero no lo hizo.
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Frostworld
era uno de los nueve reinos. Su rey había llegado al poder elegido
por el oráculo de hielo tras la muerte del anterior. Su predecesor
fue envenenado y su muerte dio origen a la gran guerra. A pesar de su
temprana edad, la gran cabeza helada tallada en el muro de hielo que
daba fin a Pandorium había dicho su nombre y como mandan las
sagradas leyes de Frostworld, se alzó rey de las gélidas tierras.
En la
guerra consiguió que las fuerzas enemigas no atravesaran las
montañas. Le resultó sencillo pues las bajas temperaturas y el
hostil terreno convertían cada incursión militar en casi un
suicidio en la tierra del eterno invierno. Decidió entonces ayudar a
los aliados del antiguo rey de Frostworld. Así conoció al sabio rey
de Fireland y a su mágica hija que jamás pudo quitarse de la
cabeza. Como le gustaba bromear para sus adentros, ella se extendió
en él más rápida que el fuego.
Al
acabar la guerra y saber que Frostworld estaba a salvo, el rey
cumplió con su deber. Como mandan las leyes sagradas el rey de
Frostworld sólo puede salir de su reino para defenderlo. El rey
jamás quiso serlo y la corona para él fue como un alud que lo había
sepultado para siempre en esas montañas. Poco a poco fue perdiendo
el juicio dentro de su castillo. La única noticia que tenía del
exterior llegaba mediante correspondencia con la reina de Fireland.
Pero no era suficiente pues la cárcel de hielo iba ganando a la
cordura. Su pena duraba ya una década. Hacía años que no se miraba
en un espejo. Sus consejeros tendían a evitarle. Había tenido la
suerte de que el oráculo le diera poderes sobre el hielo al
convertirlo en rey, ahora debía pagar su precio.
Se
encontraba en su habitación, como en numerosas ocasiones, estaba
sentado en una silla mirando la cama. En la cama en forma de nido se
encontraba el abrigo del rey. Hecho con piel del último dientes de
sable que habitó en Pandorium. Nunca se lo había llegado a poner.
Lo utilizaba para calentar el huevo de fénix que la reina le regaló
antes de regresar a Frostworld. El huevo aún no había eclosionado y
sentía miedo de que el pájaro de fuego hubiese muerto en el
interior del huevo debido a las bajas temperaturas. La reina de
Fireland le había tranquilizado por carta de que eso era imposible y
que el ave decide en que momento debe nacer.
Miraba
el huevo pensativo. La mujer que se lo regaló había dejado de
escribirle hacía unos dos meses y la semana anterior un ejercito a
su mando había destrozado sus fuerzas fronterizas, matando a sus
hombres. Luego los colocó a todos juntos e hizo una pira cuyo humo
aún se podía ver una semana después del incidente. Ese fuego solo
podía provenir de Fireland. No entendía los motivos de su amiga para
tal traición.
Pasó
una semana encerrado en la habitación con el huevo desde el suceso.
Antes de encerrarse dio la orden a sus consejeros de que preparasen
las defensas por si ella volvía a atacar. Sus consejeros conscientes
del siguiente paso del rey no sólo prepararon las defensas, llamaron
al gran ejercito de Frostworld.
Despertaron
a los enormes titanes de las montañas. Bestias de nariz larga cuyo
esqueleto eran enormes bloques de hielo. Osos, lobos y todos los
animales formaban guardias a lo largo del bosque. Con ayuda de
aldeanos quebraron el hielo de los lagos reflotando los barcos de los
antiguos bárbaros, despertaron listos para luchar por su rey. Las
gárgolas que custodiaban las torres del castillo separaron sus pies
de la roca helada. Las armaduras sin cabeza de adorno afilaron sus
armas.
Una
gran ventisca asoló Frostworld esa semana.
En la
habitación. El rey comió lo necesario para sobrevivir y no llegó a
dormir dos horas seguidas. El frió llegó a atravesar su corazón. La
única persona en la que había confiado era ella. Salió de su
habitación y le preguntó a sus consejeros cuanto tiempo tardarían
en estar listos para salir de Frostworld. Ellos sonrieron y le
condujeron a uno de los balcones. Allí vio al todopoderoso el
ejercito en formación.
-Mañana
al amanecer partiremos-dijo- tengo que visitar a una vieja amiga.
Volvió
a la habitación y se puso por primera vez su abrigo real. Escondió
el huevo en uno de los cajones y que el destino decidiese que pasaba
con él. El alma del rey era como el hielo, pues prefería
fracturarse en pedazos antes que doblegarse ante nadie.
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En
medio de la oscuridad, en uno de los otros reinos, una criatura reía
feliz por el devenir de los hechos. Con sus dedos huesudos y
alargados acariciaba su trono. Pronto Pandorium volvería a ser una y
suya, como siempre había sido.



