sábado, 14 de julio de 2012

Capítulo 5: THE BLOOD ALSO RISES (I parte)


Abrió los ojos, pero no vio nada, en aquel lugar sólo podía escuchar su respiración acelerada y ese pitido, como una presión en la sien que machacaba su cabeza. La deshidratación era patente, no podía dejar de humedecer sus labios con su lengua, necesitaba beber, una ansiedad descomunal se había apoderado de su cuerpo y ella, medio inconciente aún, no podía controlarlo, se encontraba aturdida y no recordaba ni su nombre, trató de golpear lo que parecía ser una superficie de madera forrada en seda justo en frente de su cara, pero algo detrás de aquella pared presionaba tanto que no pudo terminar de romperla. No sabía donde estaba, trató de llamar pero nadie pudo escucharla, tardó una eternidad en volver a escuchar un sonido diferente al de su propia respiración, parecía una pala, alguien cavando en algún sitio mucho más arriba de donde ella se encontraba.

….

El profesor X fue a la comisaría aquel caluroso mes de Junio, su intuición, que él creía desgastada por el tiempo, le decía que la muerte de su amiga no había sido un suicidio.

-          Por favor, tienen que reabrir el caso o no me van a dejar otra que tomarme la justicia por mi mano.
-          Señor, comparamos la letra, es exactamente igual, que usted diga que su amiga no utilizaba el rojo no es una prueba a presentar ante la corte, es imposible, desista, y, por su bien, le aconsejo que no se tome la justicia por su mano, puede acabar realmente mal. – Aquel policía le hablaba con desdén, casi sin mirarlo a los ojos, mientras se comía aquel donut repleto de mermelada y dejaba caer por su barbilla algo de azúcar glaseado.
-          ¿Por qué iba a poner – vini, vidi, Vinci, no es la típica nota de suicidio, no cree? ¿Por qué iba a suicidarse? Ni siquiera tienen un móvil, y ustedes se hacen llamar justicia… no me advierta entonces nada de lo que yo haga o de cómo van a acabar mis acciones, creo que sé algo más de la vida que alguien que se limita a comer donuts.

El profesor X salió por la puerta de la oficina casi sin escuchar lo que aquel policía le decía porque el pitido en sus oídos cuando se cabreaba ya era frecuente y no permitía que le llegara información posible con la que razonar.
Pasó todo el camino a casa buscando un culpable de la muerte de su amiga, empezaba a volverse loco, estaba tan ensimismado en sus pensamientos que apenas miró a la cara a la señora de la calle Maine que le había preguntado la hora.

-          Las 10 y 40, señora.
-          Gracias.

El profesor siguió un poco más, procurando siempre esconderse tras la sombra de los cipreses que acompañaban el camino haciéndolo parecer incluso más largo, cuando se dio cuenta de que él nunca jamás llevaba reloj, no tenía reloj.
Volvió a subirse la manga y se dio cuenta de que llevaba uno, dorado, bastante ostentoso para su gusto, un reloj que no era suyo. El profesor X se sentó en uno de los bancos de la acera tras un ciprés bastante magullado, se quitó el reloj y trató de recordar cómo había llegado a él. Buscó una explicación lógica para todo aquello y se dio cuenta de que algo inusual había ocurrido aquella noche: el profesor X había dormido 10 horas seguidas, algo totalmente fuera de lo común en una persona con insomnio crónico como el profesor. Corrió hasta su casa lo más rápido que pudo, revisó minuciosamente todo lo que había hecho y tocado aquel día y descubrió el culpable: una taza de té junto al ordenador, había notado, mientras se lo bebía, que sabía de un modo especial, pero no quiso darle importancia debido a su mala maña a la hora de hacer cualquier tipo de infusión. Aquel té llevaba algún tipo de somnífero, el profesor X, probablemente, ya había amanecido con el reloj en su muñeca y sin haberse dado cuenta lo había tenido todo el tiempo.
Todo cobró mucho más sentido al ver la ventana de la cocina, la única de casa sin barrotes, forzada.

El profesor X pasó todo el día examinando aquel reloj sin encontrar absolutamente nada… ¿quién había entrado en su casa? ¿Quién le dejaría allí aquel reloj? ¿Por qué un reloj?
Con demasiadas preguntas era difícil continuar la búsqueda del asesino de su amiga, la ira comenzó a apoderarse del profesor porque sabía, ahora sí tenía la certeza, de que Mrs Robinson había sido asesinada, cogió el reloj de aquella mesita en la que estaba examinándolo y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la pared, el reloj cayó al suelo hecho añicos, y una pequeña nota salió disparada junto con algunas otras piezas del engranaje, el profesor fue hasta ella y la abrió y pudo leer una nueva frase, una vez más en color rojo: TU AMIGA NO PAGÓ A CARONTE, AÚN SIGUE CANTANDO EN LA ORILLA.

No fue muy difícil para el profesor X acordarse de la operación Caronte, Mrs Robinson tuvo que quitar del camino a dos criminales que se interponían en la operación y, a pesar del silenciador, para no levantar sospechas en aquel viejo edificio, puso en un tocadiscos una canción con la cual se comunicaba en clave con el profesor X, “The house of the rising sun”.

Aquella canción hacía referencia  a un prostíbulo, que con anterioridad había sido la facultad de medicina de la ciudad, allí escondía la mercancía para que el profesor X fuera a recogerla y acabar la operación con éxito.
El profesor X cogió su gabardina gris y salió corriendo por su puerta, dirección la casa del sol naciente.

      CONTINUARÁ


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