Abrió los ojos, pero no vio nada, en aquel lugar sólo podía
escuchar su respiración acelerada y ese pitido, como una presión en la sien que
machacaba su cabeza. La deshidratación era patente, no podía dejar de humedecer
sus labios con su lengua, necesitaba beber, una ansiedad descomunal se había
apoderado de su cuerpo y ella, medio inconciente aún, no podía controlarlo, se
encontraba aturdida y no recordaba ni su nombre, trató de golpear lo que parecía
ser una superficie de madera forrada en seda justo en frente de su cara, pero
algo detrás de aquella pared presionaba tanto que no pudo terminar de romperla.
No sabía donde estaba, trató de llamar pero nadie pudo escucharla, tardó una
eternidad en volver a escuchar un sonido diferente al de su propia respiración,
parecía una pala, alguien cavando en algún sitio mucho más arriba de donde ella
se encontraba.
….
El profesor X fue a la comisaría aquel caluroso mes de
Junio, su intuición, que él creía desgastada por el tiempo, le decía que la
muerte de su amiga no había sido un suicidio.
-
Por favor, tienen que reabrir el caso o no me van a
dejar otra que tomarme la justicia por mi mano.
-
Señor, comparamos la letra, es exactamente igual, que
usted diga que su amiga no utilizaba el rojo no es una prueba a presentar ante
la corte, es imposible, desista, y, por su bien, le aconsejo que no se tome la
justicia por su mano, puede acabar realmente mal. – Aquel policía le hablaba
con desdén, casi sin mirarlo a los ojos, mientras se comía aquel donut repleto de
mermelada y dejaba caer por su barbilla algo de azúcar glaseado.
-
¿Por qué iba a poner – vini, vidi, Vinci, no es la típica
nota de suicidio, no cree? ¿Por qué iba a suicidarse? Ni siquiera tienen un móvil,
y ustedes se hacen llamar justicia… no me advierta entonces nada de lo que yo
haga o de cómo van a acabar mis acciones, creo que sé algo más de la vida que
alguien que se limita a comer donuts.
El profesor X salió por la puerta de la oficina casi sin
escuchar lo que aquel policía le decía porque el pitido en sus oídos cuando se
cabreaba ya era frecuente y no permitía que le llegara información posible con
la que razonar.
Pasó todo el camino a casa buscando un culpable de la muerte
de su amiga, empezaba a volverse loco, estaba tan ensimismado en sus
pensamientos que apenas miró a la cara a la señora de la calle Maine que le había
preguntado la hora.
-
Las 10 y 40, señora.
-
Gracias.
El profesor siguió un poco más, procurando siempre
esconderse tras la sombra de los cipreses que acompañaban el camino haciéndolo
parecer incluso más largo, cuando se dio cuenta de que él nunca jamás llevaba
reloj, no tenía reloj.
Volvió a subirse la manga y se dio cuenta de que llevaba uno,
dorado, bastante ostentoso para su gusto, un reloj que no era suyo. El profesor
X se sentó en uno de los bancos de la acera tras un ciprés bastante magullado,
se quitó el reloj y trató de recordar cómo había llegado a él. Buscó una
explicación lógica para todo aquello y se dio cuenta de que algo inusual había
ocurrido aquella noche: el profesor X había dormido 10 horas seguidas, algo
totalmente fuera de lo común en una persona con insomnio crónico como el
profesor. Corrió hasta su casa lo más rápido que pudo, revisó minuciosamente
todo lo que había hecho y tocado aquel día y descubrió el culpable: una taza de
té junto al ordenador, había notado, mientras se lo bebía, que sabía de un modo
especial, pero no quiso darle importancia debido a su mala maña a la hora de
hacer cualquier tipo de infusión. Aquel té llevaba algún tipo de somnífero, el profesor
X, probablemente, ya había amanecido con el reloj en su muñeca y sin haberse
dado cuenta lo había tenido todo el tiempo.
Todo cobró mucho más sentido al ver la ventana de la cocina,
la única de casa sin barrotes, forzada.
El profesor X pasó todo el día examinando aquel reloj sin
encontrar absolutamente nada… ¿quién había entrado en su casa? ¿Quién le dejaría
allí aquel reloj? ¿Por qué un reloj?
Con demasiadas preguntas era difícil continuar la búsqueda
del asesino de su amiga, la ira comenzó a apoderarse del profesor porque sabía,
ahora sí tenía la certeza, de que Mrs Robinson había sido asesinada, cogió el
reloj de aquella mesita en la que estaba examinándolo y lo arrojó con todas sus
fuerzas contra la pared, el reloj cayó al suelo hecho añicos, y una pequeña
nota salió disparada junto con algunas otras piezas del engranaje, el profesor
fue hasta ella y la abrió y pudo leer una nueva frase, una vez más en color
rojo: TU AMIGA NO PAGÓ A CARONTE, AÚN SIGUE CANTANDO EN LA ORILLA.
No fue muy difícil para el profesor X acordarse de la
operación Caronte, Mrs Robinson tuvo que quitar del camino a dos criminales que
se interponían en la operación y, a pesar del silenciador, para no levantar
sospechas en aquel viejo edificio, puso en un tocadiscos una canción con la
cual se comunicaba en clave con el profesor X, “The house of the rising sun”.
Aquella canción hacía referencia a un prostíbulo, que con anterioridad había
sido la facultad de medicina de la ciudad, allí escondía la mercancía para que
el profesor X fuera a recogerla y acabar la operación con éxito.
El profesor X cogió su gabardina gris y salió corriendo por
su puerta, dirección la casa del sol naciente.
CONTINUARÁ
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