I
El sonido de los tambores le despertó
sobresaltado. A pesar del paso de los días no terminaba de
acostumbrarse a su inusual despertador.
Hizo otra muesca en la pared de la
cueva. Era el día número 462 desde que apareció en el aquel
bosque. Cada noche se dormía vigilando cualquier posible movimiento
en la vegetación pero nunca pasaba nada. Los únicos seres vivos que
había encontrado allí eran los peces del interminable río y los
pájaros que solo escuchaba con cada advenimiento.
Apoyó la frente en la pared mientras
recorría con la yema de sus dedos las 462 muescas. Se dejó caer
sintiendo el frío de la cueva hasta quedarse tumbado en el suelo.
Quedaba abrumado cuando hacía balance del paso de los días. Seguía
sin recordar nada desde antes que se levantase por primera vez en
medio de los árboles. La incomprensión y la angustia dieron paso a
la impotencia y a la soledad que acabaron convirtiéndose en nada. Al
final acabó sobreviviendo por rutina.
Los pájaros empezaron a trinar no muy
lejos de su cueva, era día de advenimiento. De un salto se puso en
pie y miró a su alrededor. Para desayunar tenía algunas bayas que
había recogido el día anterior y un trozo de pescado frío que no
se había acabado en la cena. Se metió todo de golpe en la boca
mientras observaba el círculo de piedras que custodiaban las
pulseras en el fondo de la cueva.
Comenzó a caminar despreocupado hacía
donde se encontraban los pájaros.
Advenimiento era como nombraba a esa
serie de acontecimientos. Acontecimientos que se repetían de la
misma forma. Los pájaros indicaban la llegada de un ser humano al
bosque. Éstos se encontraban tranquilos y sonrientes, como si
siempre hubieran estado allí. Su aspecto era impoluto como su ropa
limpia y en perfecto estado. Inmóviles como su sonrisa, permanecían
sentados hasta la noche, entonces comenzaban a correr hasta
desaparecer en la espesura de la vegetación, jamás conseguía
seguirles el rastro, de ellos solo quedaba una pulsera metálica con
un “K” mayúscula grabada que dejaban caer antes de su marcha.
Una vez intentó atacar a uno de ellos antes de que anocheciera y el
“advenido” lo tumbó de un golpe que lo dejó inconsciente. Que
no dejara de sonreír mientras lo tumbaba, creó en él un miedo que
nunca volvió a intentarlo. Ya solo se limitaba a sentarse enfrente
de ellos esperando a que dejaran la pulsera.
Con la del nuevo humano ya serían doce
pulseras. Doce pulseras con esa “K”. “K” que llevaba tatuado
él también en el brazo y que los advenidos no tenían. Dejó hace
mucho tiempo de preguntarse quién se la tatuó o porqué motivo,
igual que de dónde venían los humanos o dónde iban cuando
desaparecían, la razón de que dejaran caer las pulseras. Tampoco se
preguntaba por quién era o qué hacía ahí y dejó de intentar
recordar que había sido antes de él. No se inmutaba ya ante la
posibilidad de que las bayas y frutos que recogía fuesen venenosos.
Mientras se acercaba al lugar del
advenimiento pensó que debería idear una nueva forma de contar las
respuestas que había dejado de buscar y se sonrió. Hacía más de
doscientas muescas que no se aguantaba a sí mismo.
Llegó al lugar. Esta vez se trataba de
un hombre con un traje blanco sentado en una roca al final de una
pequeña cuesta. Como todos miraba dos metros delante suya mientras
sonreía con la pulsera en la mano. Descendió para sentarse delante
suya para cumplir su pequeño ritual.
Algo en la vegetación se movió
enfrente de él cuando llegó a la altura del advenido número 12.
Instintivamente aguantó la respiración y distinguió a una chica
que los observaba. No era como el resto de advenidos, su ropa era
sucia y estaba rota y sus ojos grises denotaban miedo e
incomprensión. El advenido se levantó instantáneamente y empezó a
correr tirándolo al suelo de espaldas.
Se levantó lo más rápido que pudo y
huyó en dirección a su cueva. No era consciente de sus movimientos,
la adrenalina manejaba su cuerpo y le mandaba que buscara refugio,
intentó tomar control de su respiración y así poder pensar algo
con claridad. Era la primera vez que había alguien más aparte de él
o los advenidos, la primera vez que el advenido se movía a plena luz
del día sin motivo, pero la pregunta que más inquietud le producía
era si de verdad la chica llevaba la “K” tatuada o eran
imaginaciones suyas.
El sonido de los tambores le despertó
de sus pensamientos. Aceleró el ritmo.