lunes, 31 de diciembre de 2012

La guerra de la simpatía


Acababa de amanecer y ella se encontraba en su balcón observando la ciudad. Como cada mañana pensaba como administrar mejor su reino. La reina de fuego seguía su rutina de forma estricta todos los días. Le gustaba y la disfrutaba. Pero como por todos es sabido, esa mañana sucedió algo que alteró su normalidad y la de cualquier ser vivo a lo largo de los nueve reinos. Una bola de fuego cruzaba majestuosamente el cielo negro de cenizas y hollín, su fénix traía lo que nunca debieron ser noticias .

Las llamas incandescentes daban forma al pájaro. Era un fénix real. Con cada nacimiento de heredero en Fireland, del volcán situado bajo el castillo del rey, emanan dos huevos de fénix real. Uno de ellos es para neonato y el otro es para quien el ó ella decida a lo largo de su vida. Del huevo, una esfera de magma, nacerá el fénix cuando su propietario más lo necesite.

El fénix de la reina nació cuando la segregación de Pandorium en los nueve reinos actuales. La muerte de su padre puso fin a la gran guerra. El reino de Fireland finalmente sólo conservaría su capital. Teniendo ella 16 años y siendo hija única, se encontraba sola y asustada por tener que asumir el trono de un pueblo destrozado. Reconstruir un imperio tras una guerra nunca fue sencillo y menos si tu reino descansa en las faldas de los insomnes volcanes de Pandorium. Esto forjó su carácter muy rápidamente. En apenas unos años, había reconstruido su ciudad y los medios de vida de sus ciudadanos. Sus súbditos vivían con normalidad una década después. Eran autosuficientes y parecían felices. Ellos mismos se impusieron la amnesia como norma para seguir adelante. Pero el pasado quedó clavado en ella y desde el momento que puso en orden su reino, empezó a trabajar para que nadie volviese a molestar la paz de los suyos.


Según las leyendas, sus antepasados fueron desterrados a aquellas inhóspitas tierras por la oscura criatura que reinaba en todo Pandorum. En una semana todos los miembros de la familia estarían muertos. Al cuarto día, una de las pocas supervivientes, la hija más joven de la familia, se negaba ver morir a sus padres. Estos, ya ancianos sin apenas bebida y comida, estaban sucumbiendo a los problemas respiratorios creados por los vapores de las erupciones volcánicas. Desquiciada, se tiró a la lava cantando la canción infantil con la que su madre conseguía que se durmiera cuando estaba en la cuna. Mientras caía el fuego la rodeó y le pidió por favor que siguiera cantando, mitigaba su dolor. La joven sonrió y le dedicó su mejor actuación. El fuego agradeció el gesto abrazando a la joven, ningún fuego la quemaría jamás a ella ni a su familia. Fuego les dejó vivir en sus dominios y poco a poco les dio el poder para vengarse de aquel que los había dado por muertos.


La reina sólo tenía una certeza, su sangre era real. Era descendiente directa de aquella joven, era hija del fuego. Había conseguido desentrañar todos sus secretos hasta fundirse con él. Dominaba a las feroces bestias que vivían en los volcanes. La lava corría por sus venas y convertiría en cenizas a cualquiera que osara destruir el mundo que había creado. Había llegado más lejos que nadie.


El contacto de la piel con las llamas de un fénix produce una herida que no cicatriza jamás, sólo puede ser tocado por su amo. El fénix se posó en su hombro y le susurró al oído lo que había pasado y le dio una estrella de nieve perenne que traía en sus patas.


La reina no daba crédito a lo que estaba pasando. Dio de comer al fénix y se dirigió al interior del castillo. Avanzó hacia la cámara donde siempre pensaba en él. La noticia de que su mas fiel aliado le había traicionado y matado a todos sus guardias de la frontera le había consternado. No era sólo su aliado, era su mejor amigo. Llegó a la entrada de la cámara. La puerta se abrió. Era una habitación enorme, sumida en la más profunda oscuridad. No había suelo, ni se podía intuir a que altura estaba el techo. La oscuridad sólo la rompía un gran árbol helado que brillaba tenuemente y se encontraba flotando en un trozo de tierra blanco. La reina avanzó a través del invisible suelo y a su paso se encendían pequeñas llamas que intentaban dibujar un camino. La puerta se cerró apagando las llamas. El hielo que cubría todo el árbol comenzó a brillar de forma aún mas fuerte y era lo único que daba luz a la habitación.

En la gran guerra, él único aliado que tuvo su padre fue un joven rey de la misma edad que ella. Tras el entierro de su padre y el final de la guerra fueron grandes amigos. La gran relación que hubo entre sus reinos fue temida por el resto, lo que les sirvió a ambos para protegerse de más ataques. Pero cada uno se debía a su pueblo y se tuvieron que separar. Él partió a su reino, al norte de Pandorium, a las montañas heladas y no volvieron a verse en persona. Antes de irse se intercambiaron un regalo cada uno. Él le había regalado ese árbol. Cada doscientos años, en las tierras de Frostworld, nacía una planta envuelta en hielo. Al crecer se convertía en un árbol cuyos frutos eran estalactitas. Al madurar, estas caían muy lentamente ignorando la gravedad, mientras se convertían en una flor única con fragancias nunca olidas por el ser humano. No había dos flores iguales, ni dos aromas similares. Estas nunca se marchitaban ni perdían su olor. Según le contó el joven rey de Frostworld, antes de caer la última estalactita del árbol, el hielo comenzaría a derretirse junto con el árbol y al tocar el suelo se convertiría en una semilla azul. Que daría vida al nuevo árbol y este nacería a los doscientos años del nacimiento del anterior. A la reina le encantaba ir a la cámara del árbol y oler las nuevas flores, con ellas daba olor a sus habitaciones. También le gustaba esconderlas y olvidar que estaban ahí y maravillarse al descubrir de nuevo su fragancia. Muchas veces se había quedado dormida esperando a que cayera una nueva estalactita.

La caída de una nueva flor, la despertó de sus recuerdos. La cogió y la olió. Olía bien, le gustaba, como todas. Aquel maldito bastardo le había traicionado, desde hacía dos meses no mantenía correspondencia, una correspondencia que era casi diaria desde que se separaron. Al principio se asustó pensando que le había pasado algo, pero las noticias corren muy rápido en Pandorium y si le hubiese pasado algo malo se habría enterado. Había estado preparándose para una guerra contra ella. ¿Por qué? La reina no entendía nada, pero debía proteger a su pueblo. Según las noticias ya deberían haber atravesado la frontera y estarían a dos días de la ciudad. Sintió angustia al pensar en la guerra. No entendía a los hombres y su afán de poder. Le aterró la idea de que la gente de la ciudad, volviese a pasar por ese sufrimiento por su culpa. Ella había creído en él y le había enseñado sus secretos, sabría por donde atacar. Los había vendido a todos. Ancianos, niños, hombres y mujeres iban a sufrir por su debilidad. El dolor la estaba envenenando. La ira recorría todo su cuerpo. Su pelo se volvió de color rojo. La flor empezó a arder hasta convertirse en ceniza en su mano. Ella tenía algo que su padre no llego a comprender del todo, el fuego.

-Guardias, formad al ejercito- gritó.

La habitación entera quedó iluminada por decenas de ojos de fuego que se abrieron al unisono. La reina destinó a su guardia real a vigilar el árbol desde el momento que se lo regaló. Siempre debían estar escondidos en la oscuridad hasta nueva orden y así habían hecho durante todos estos años. Vestidos con una túnica con capucha, sin pies y cuchillas enormes de espada como manos, empezaron a elevarse mientras gritaban como desperezándose después de tantos años de aletargamiento.

El cielo empezó a rugir, rayos de fuego y una tormenta de ceniza y polvo anunciaban que estaban en guerra. De sus tumbas empezaron a salir todos los muertos enterrados en los volcanes. Eran esqueletos de huesos rojos por la temperatura que se habían mantenido bajo tierra. La gente del pueblo alertada por los guardias de la reina, comenzó a recolectar alimentos para el ejercito y a forjar armas para la guerra. La amnesia se fue de repente y esta vez sabían que tenían que actuar todos juntos para no tener que volver a olvidar. A pesar de estar atemorizados por el aspecto de estos hicieron su trabajo rápidamente.

En el volcán del interior del castillo se escuchó un aullido que rompió las cortinas de las habitaciones de todo el edificio. También había despertado para la ocasión la mascota preferida de la reina. Un enorme perro envuelto en llamas moradas ladraba ansioso por ayudar a su dueña. De sus fauces salían llamaradas.

Esto es sólo una pequeña parte de lo que tengo para ti- pensó la reina mientras salía de la cámara – has iniciado un tipo de fuego que sólo puede apagar tu sangre.

Estuvo tentada de quemar el árbol pero no lo hizo.


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Frostworld era uno de los nueve reinos. Su rey había llegado al poder elegido por el oráculo de hielo tras la muerte del anterior. Su predecesor fue envenenado y su muerte dio origen a la gran guerra. A pesar de su temprana edad, la gran cabeza helada tallada en el muro de hielo que daba fin a Pandorium había dicho su nombre y como mandan las sagradas leyes de Frostworld, se alzó rey de las gélidas tierras.

En la guerra consiguió que las fuerzas enemigas no atravesaran las montañas. Le resultó sencillo pues las bajas temperaturas y el hostil terreno convertían cada incursión militar en casi un suicidio en la tierra del eterno invierno. Decidió entonces ayudar a los aliados del antiguo rey de Frostworld. Así conoció al sabio rey de Fireland y a su mágica hija que jamás pudo quitarse de la cabeza. Como le gustaba bromear para sus adentros, ella se extendió en él más rápida que el fuego.

Al acabar la guerra y saber que Frostworld estaba a salvo, el rey cumplió con su deber. Como mandan las leyes sagradas el rey de Frostworld sólo puede salir de su reino para defenderlo. El rey jamás quiso serlo y la corona para él fue como un alud que lo había sepultado para siempre en esas montañas. Poco a poco fue perdiendo el juicio dentro de su castillo. La única noticia que tenía del exterior llegaba mediante correspondencia con la reina de Fireland. Pero no era suficiente pues la cárcel de hielo iba ganando a la cordura. Su pena duraba ya una década. Hacía años que no se miraba en un espejo. Sus consejeros tendían a evitarle. Había tenido la suerte de que el oráculo le diera poderes sobre el hielo al convertirlo en rey, ahora debía pagar su precio.

Se encontraba en su habitación, como en numerosas ocasiones, estaba sentado en una silla mirando la cama. En la cama en forma de nido se encontraba el abrigo del rey. Hecho con piel del último dientes de sable que habitó en Pandorium. Nunca se lo había llegado a poner. Lo utilizaba para calentar el huevo de fénix que la reina le regaló antes de regresar a Frostworld. El huevo aún no había eclosionado y sentía miedo de que el pájaro de fuego hubiese muerto en el interior del huevo debido a las bajas temperaturas. La reina de Fireland le había tranquilizado por carta de que eso era imposible y que el ave decide en que momento debe nacer.

Miraba el huevo pensativo. La mujer que se lo regaló había dejado de escribirle hacía unos dos meses y la semana anterior un ejercito a su mando había destrozado sus fuerzas fronterizas, matando a sus hombres. Luego los colocó a todos juntos e hizo una pira cuyo humo aún se podía ver una semana después del incidente. Ese fuego solo podía provenir de Fireland. No entendía los motivos de su amiga para tal traición.

Pasó una semana encerrado en la habitación con el huevo desde el suceso. Antes de encerrarse dio la orden a sus consejeros de que preparasen las defensas por si ella volvía a atacar. Sus consejeros conscientes del siguiente paso del rey no sólo prepararon las defensas, llamaron al gran ejercito de Frostworld.

Despertaron a los enormes titanes de las montañas. Bestias de nariz larga cuyo esqueleto eran enormes bloques de hielo. Osos, lobos y todos los animales formaban guardias a lo largo del bosque. Con ayuda de aldeanos quebraron el hielo de los lagos reflotando los barcos de los antiguos bárbaros, despertaron listos para luchar por su rey. Las gárgolas que custodiaban las torres del castillo separaron sus pies de la roca helada. Las armaduras sin cabeza de adorno afilaron sus armas.
Una gran ventisca asoló Frostworld esa semana.

En la habitación. El rey comió lo necesario para sobrevivir y no llegó a dormir dos horas seguidas. El frió llegó a atravesar su corazón. La única persona en la que había confiado era ella. Salió de su habitación y le preguntó a sus consejeros cuanto tiempo tardarían en estar listos para salir de Frostworld. Ellos sonrieron y le condujeron a uno de los balcones. Allí vio al todopoderoso el ejercito en formación.

-Mañana al amanecer partiremos-dijo- tengo que visitar a una vieja amiga.


Volvió a la habitación y se puso por primera vez su abrigo real. Escondió el huevo en uno de los cajones y que el destino decidiese que pasaba con él. El alma del rey era como el hielo, pues prefería fracturarse en pedazos antes que doblegarse ante nadie.




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En medio de la oscuridad, en uno de los otros reinos, una criatura reía feliz por el devenir de los hechos. Con sus dedos huesudos y alargados acariciaba su trono. Pronto Pandorium volvería a ser una y suya, como siempre había sido.

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