sábado, 7 de julio de 2012

Una hoja de Golden West.


“Todo está oscuro. Mejor, siempre te había gustado la oscuridad.

Podías perderte para ocultarte. Habías aprendido a desenvolverte bien en ella, agudizaste tus sentidos para ser una criatura más de ese mundo. Gusto, tacto, oído y olfato te hacían diferenciar los hedores de aquel tablero. Pero tu vista jamás pudo acostumbrarse. Era todo de un azul muy oscuro, muchas veces negro. Sacrificaste la visión de tu alrededor por una mancha perenne y ahora cada vez que ves la luz, tienes que huir porque te quema. Encontrabas lo necesario para sobrevivir, hasta ese momento. Ese momento en el que tu alrededor no te era suficiente, necesitabas algo más. Creaste tu trampa casi perfecta. Fuiste decorando todo, a tu gusto o no, para forzar la prueba de la existencia de algo que no creías. Algo en lo que rezabas para estar equivocada. Erguiste tu laberinto personal, sin salidas, sin marcha atrás. Un laberinto que sólo alguien como tú podías diseñar. Levantaste tus propios muros, sellaste las posibles salidas de emergencia, lo llenaste todo de setos y humedad. Trampas por y para ti. Un laberinto lleno de escapatorias que todas conducían a la puerta final. La cual te encargaste de no tener tú la llave. Llevabas razón y te rompiste el alma. Te destrozaste a ti misma inmolándote, buscando algo que para ti fuese real, que mereciese la pena.

Ya no buscas lo necesario para sobrevivir. Tu interior murió en aquel laberinto y ahora te estas dejando morir físicamente. Dejas pasar el tiempo y rechazas cualquier ayuda hasta que sea demasiado tarde para que nadie pueda ayudarte.

La parte buena de todo lo que habías vivido es que mientras estuvieses consciente podías ahuyentar el dolor. Pero esta noche eres demasiado consciente de lo que te pasa, de lo que has hecho y de lo que va a pasar. Irónicamente la única forma de salvarte es aquella llave cuya demostración de no existencia te ha llevado a esta situación...”

Irene salió del ascensor apresuradamente queriendo parar su propio discurso mental. Entró en su apartamento sin encender las luces. Abrió la nevera, bebió desesperadamente de la botella de agua fría atragantándose con ella y manchándose toda la camiseta. Con la botella aún en la mano, se apoyó en su pared favorita de la casa. Aquella pared en la que se había dejado caer hasta el suelo tantas veces para quedarse allí dormida buscando solución a sus problemas. Aunque tenía alcohol en el cuerpo, estaba lúcida, sólo quería limpiarse el sabor agrio de su boca. Se sentó y acabó el poco agua que quedaba. Apoyó la cabeza en la pared mientras se mordía el labio y miró a su alrededor. Por sus ojos habían empezado a caer lágrimas las cuales acabaron en llanto hasta agotar todas sus fuerzas. Se terminó de tumbar sobre el suelo. Estaba lo suficientemente frío para quedarse dormida y así fue.

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