“Todo está oscuro. Mejor, siempre te
había gustado la oscuridad.
Podías perderte para ocultarte. Habías
aprendido a desenvolverte bien en ella, agudizaste tus sentidos para
ser una criatura más de ese mundo. Gusto, tacto, oído y olfato te
hacían diferenciar los hedores de aquel tablero. Pero tu vista jamás
pudo acostumbrarse. Era todo de un azul muy oscuro, muchas veces
negro. Sacrificaste la visión de tu alrededor por una mancha perenne
y ahora cada vez que ves la luz, tienes que huir porque te quema.
Encontrabas lo necesario para sobrevivir, hasta ese momento. Ese
momento en el que tu alrededor no te era suficiente, necesitabas algo
más. Creaste tu trampa casi perfecta. Fuiste decorando todo, a tu
gusto o no, para forzar la prueba de la existencia de algo que no
creías. Algo en lo que rezabas para estar equivocada. Erguiste tu
laberinto personal, sin salidas, sin marcha atrás. Un laberinto que
sólo alguien como tú podías diseñar. Levantaste tus propios
muros, sellaste las posibles salidas de emergencia, lo llenaste todo
de setos y humedad. Trampas por y para ti. Un laberinto lleno de
escapatorias que todas conducían a la puerta final. La cual te
encargaste de no tener tú la llave. Llevabas razón y te rompiste el
alma. Te destrozaste a ti misma inmolándote, buscando algo que para
ti fuese real, que mereciese la pena.
Ya no buscas lo necesario para
sobrevivir. Tu interior murió en aquel laberinto y ahora te estas
dejando morir físicamente. Dejas pasar el tiempo y rechazas
cualquier ayuda hasta que sea demasiado tarde para que nadie pueda
ayudarte.
La parte buena de todo lo que habías
vivido es que mientras estuvieses consciente podías ahuyentar el
dolor. Pero esta noche eres demasiado consciente de lo que te pasa,
de lo que has hecho y de lo que va a pasar. Irónicamente la única
forma de salvarte es aquella llave cuya demostración de no
existencia te ha llevado a esta situación...”
Irene salió del ascensor
apresuradamente queriendo parar su propio discurso mental. Entró en
su apartamento sin encender las luces. Abrió la nevera, bebió
desesperadamente de la botella de agua fría atragantándose con ella
y manchándose toda la camiseta. Con la botella aún en la mano, se
apoyó en su pared favorita de la casa. Aquella pared en la que se
había dejado caer hasta el suelo tantas veces para quedarse allí
dormida buscando solución a sus problemas. Aunque tenía alcohol en
el cuerpo, estaba lúcida, sólo quería limpiarse el sabor agrio de
su boca. Se sentó y acabó el poco agua que quedaba. Apoyó la
cabeza en la pared mientras se mordía el labio y miró a su
alrededor. Por sus ojos habían empezado a caer lágrimas las cuales
acabaron en llanto hasta agotar todas sus fuerzas. Se terminó de
tumbar sobre el suelo. Estaba lo suficientemente frío para quedarse
dormida y así fue.
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