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“Amanece.
El sol comienza a iluminar la calle gris piedra. El cielo se vuelve azul, se colorean automóviles y tiendas. Comienzan a escucharse ruidos a mi alrededor, la gente sale de su escondite nocturno para comenzar un nuevo día.
Apareces. Poco a poco se va dibujando tu silueta hasta que quedas en primer plano, hasta que has absorbido toda la vida de tu alrededor. Entonces me paro y te miro, como si fuese la primera vez que me encuentro ante ti. Te das la vuelta y preguntas que me pasa. Observo tu rostro y me pierdo. Me pierdo en el laberinto de tus ojos, de los que nunca conseguí escapar. Me pierdo ante esa sonrisa triste que no quiere plantearse preguntas.
Yo no sé seguir sin esas respuestas más tiempo.”
Claudia agarró la carta y golpeó la bombilla que estalló en miles de pequeños trozos, algunos se clavaron en su mano, la cuál comenzó a sangrar lentamente manchando el papel. Se sentó en el sillón con la cara desencajada, sin que su garganta pudiese emitir ningún sonido. Estaba en el apartamento de un cadáver, su propietario se encontraba de regreso a Golden West.
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