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Es por aquí, tú ve en coche, yo
no lo necesito, nos vemos en la antigua plaza de la República.
Lo cierto es que
Mrs Robinson no necesitaba ir en coche, una de las características de los
depredadores era su velocidad, probablemente a pesar de que el profesor X fuera
en coche, ella llegaría antes.
El Profesor X
arrancó aquel Cadillac negro en el que había llegado a la casa del sol
naciente, ACDC sonaba en la radio, y emprendió el camino hasta la plaza de la
República, Mrs Robinson lo seguía de cerca, por la hilera de cedros que
acotaban el camino de asfalto que el profesor seguía en coche, seguía el
rastro, escuchaba más que thunderstruck, escuchaba incluso los latidos del
profesor X, si algo se interponía en su camino no tenía más que saltar el
obstáculo, saltos que hacían que volara sobre los árboles.
Llegaron de
madrugada, detrás de aquella plaza había un garaje abandonado, el profesor
apenas podía ver, pero Mrs Robinson sabía bien donde pisaba, tenía la sensación
de que sus sentidos se habían multiplicado, escuchaba hojas caer a kilómetros,
lo guió hasta el garaje, viejo, el suelo de madera crujía bajo sus pies, el
profesor encendió un mechero y bajo aquella tenue luz se descubrió todo un arsenal.
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Era de uno de los grupos de los
que me encargué, todo esto ahora es nuestro, sírvete.
A Mrs Robinson no
le hacían falta armas de ningún tipo, pero cogió una hoz y algún que otro
cuchillo.
-
Me serán de ayuda cuando quiera
despellejar a alguien, quizás quitando la piel la sangre sepa aún mejor, tu
coge armas de fuego, te serán más útiles.
El profesor se
disponía a coger una de las ametralladoras que colgaban de la pared cuando el
suelo empezó a temblar, Mrs Robinson dio un salto, subió al tejado, todo se
nubló y una gran nube de polvo impedía la visibilidad para cualquier ser, aquel
garaje se estaba desplomando, Mrs Robinson trató de buscar al profesor, para
cuando el ruido la dejó escuchar sus latidos el profesor ya estaba
inconsciente, en el suelo, una de las vigas que sostenían el frágil techo de
madera se había caído sobre sus piernas.
No sabía cuanto
tiempo había permanecido inconsciente, pero cuando el profesor abrió los ojos
tenía la sensación de que habían pasado años, en lo que parecía una especie de
cueva subterránea, sobre un colchón viejo, trató inútilmente de incorporarse,
no podía controlar sus piernas, Mrs Robinson, de pie junto a la cama y con los
labios aún manchados de sangre, lo miraba con una expresión que sólo él conocía,
algo malo había pasado, el profesor X jamás volvería a recuperar sus piernas,
al menos las naturales, pero lo cierto es que tras aquella mirada de dolor y angustia de Mrs Robinson se escondía ya una idea, un cambio, iba a llegar, e iba a hacerlos invencibles.
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