lunes, 3 de septiembre de 2012

Capítulo 6, II parte: depredadora.



-          Es por aquí, tú ve en coche, yo no lo necesito, nos vemos en la antigua plaza de la República.

Lo cierto es que Mrs Robinson no necesitaba ir en coche, una de las características de los depredadores era su velocidad, probablemente a pesar de que el profesor X fuera en coche, ella llegaría antes.
El Profesor X arrancó aquel Cadillac negro en el que había llegado a la casa del sol naciente, ACDC sonaba en la radio, y emprendió el camino hasta la plaza de la República, Mrs Robinson lo seguía de cerca, por la hilera de cedros que acotaban el camino de asfalto que el profesor seguía en coche, seguía el rastro, escuchaba más que thunderstruck, escuchaba incluso los latidos del profesor X, si algo se interponía en su camino no tenía más que saltar el obstáculo, saltos que hacían que volara sobre los árboles.

Llegaron de madrugada, detrás de aquella plaza había un garaje abandonado, el profesor apenas podía ver, pero Mrs Robinson sabía bien donde pisaba, tenía la sensación de que sus sentidos se habían multiplicado, escuchaba hojas caer a kilómetros, lo guió hasta el garaje, viejo, el suelo de madera crujía bajo sus pies, el profesor encendió un mechero y bajo aquella tenue luz se descubrió todo un arsenal.

-          Era de uno de los grupos de los que me encargué, todo esto ahora es nuestro, sírvete.

A Mrs Robinson no le hacían falta armas de ningún tipo, pero cogió una hoz y algún que otro cuchillo.

-          Me serán de ayuda cuando quiera despellejar a alguien, quizás quitando la piel la sangre sepa aún mejor, tu coge armas de fuego, te serán más útiles.

El profesor se disponía a coger una de las ametralladoras que colgaban de la pared cuando el suelo empezó a temblar, Mrs Robinson dio un salto, subió al tejado, todo se nubló y una gran nube de polvo impedía la visibilidad para cualquier ser, aquel garaje se estaba desplomando, Mrs Robinson trató de buscar al profesor, para cuando el ruido la dejó escuchar sus latidos el profesor ya estaba inconsciente, en el suelo, una de las vigas que sostenían el frágil techo de madera se había caído sobre sus piernas.


No sabía cuanto tiempo había permanecido inconsciente, pero cuando el profesor abrió los ojos tenía la sensación de que habían pasado años, en lo que parecía una especie de cueva subterránea, sobre un colchón viejo, trató inútilmente de incorporarse, no podía controlar sus piernas, Mrs Robinson, de pie junto a la cama y con los labios aún manchados de sangre, lo miraba con una expresión que sólo él conocía, algo malo había pasado, el profesor X jamás volvería a recuperar sus piernas, al menos las naturales, pero lo cierto es que tras aquella mirada de dolor y angustia de Mrs Robinson se escondía ya una idea, un cambio, iba a llegar, e iba a hacerlos invencibles.