martes, 31 de marzo de 2015

Los juegos del karma

I


El sonido de los tambores le despertó sobresaltado. A pesar del paso de los días no terminaba de acostumbrarse a su inusual despertador.

Hizo otra muesca en la pared de la cueva. Era el día número 462 desde que apareció en el aquel bosque. Cada noche se dormía vigilando cualquier posible movimiento en la vegetación pero nunca pasaba nada. Los únicos seres vivos que había encontrado allí eran los peces del interminable río y los pájaros que solo escuchaba con cada advenimiento.

Apoyó la frente en la pared mientras recorría con la yema de sus dedos las 462 muescas. Se dejó caer sintiendo el frío de la cueva hasta quedarse tumbado en el suelo. Quedaba abrumado cuando hacía balance del paso de los días. Seguía sin recordar nada desde antes que se levantase por primera vez en medio de los árboles. La incomprensión y la angustia dieron paso a la impotencia y a la soledad que acabaron convirtiéndose en nada. Al final acabó sobreviviendo por rutina.

Los pájaros empezaron a trinar no muy lejos de su cueva, era día de advenimiento. De un salto se puso en pie y miró a su alrededor. Para desayunar tenía algunas bayas que había recogido el día anterior y un trozo de pescado frío que no se había acabado en la cena. Se metió todo de golpe en la boca mientras observaba el círculo de piedras que custodiaban las pulseras en el fondo de la cueva.

Comenzó a caminar despreocupado hacía donde se encontraban los pájaros.

Advenimiento era como nombraba a esa serie de acontecimientos. Acontecimientos que se repetían de la misma forma. Los pájaros indicaban la llegada de un ser humano al bosque. Éstos se encontraban tranquilos y sonrientes, como si siempre hubieran estado allí. Su aspecto era impoluto como su ropa limpia y en perfecto estado. Inmóviles como su sonrisa, permanecían sentados hasta la noche, entonces comenzaban a correr hasta desaparecer en la espesura de la vegetación, jamás conseguía seguirles el rastro, de ellos solo quedaba una pulsera metálica con un “K” mayúscula grabada que dejaban caer antes de su marcha. Una vez intentó atacar a uno de ellos antes de que anocheciera y el “advenido” lo tumbó de un golpe que lo dejó inconsciente. Que no dejara de sonreír mientras lo tumbaba, creó en él un miedo que nunca volvió a intentarlo. Ya solo se limitaba a sentarse enfrente de ellos esperando a que dejaran la pulsera.

Con la del nuevo humano ya serían doce pulseras. Doce pulseras con esa “K”. “K” que llevaba tatuado él también en el brazo y que los advenidos no tenían. Dejó hace mucho tiempo de preguntarse quién se la tatuó o porqué motivo, igual que de dónde venían los humanos o dónde iban cuando desaparecían, la razón de que dejaran caer las pulseras. Tampoco se preguntaba por quién era o qué hacía ahí y dejó de intentar recordar que había sido antes de él. No se inmutaba ya ante la posibilidad de que las bayas y frutos que recogía fuesen venenosos.

Mientras se acercaba al lugar del advenimiento pensó que debería idear una nueva forma de contar las respuestas que había dejado de buscar y se sonrió. Hacía más de doscientas muescas que no se aguantaba a sí mismo.

Llegó al lugar. Esta vez se trataba de un hombre con un traje blanco sentado en una roca al final de una pequeña cuesta. Como todos miraba dos metros delante suya mientras sonreía con la pulsera en la mano. Descendió para sentarse delante suya para cumplir su pequeño ritual.

Algo en la vegetación se movió enfrente de él cuando llegó a la altura del advenido número 12. Instintivamente aguantó la respiración y distinguió a una chica que los observaba. No era como el resto de advenidos, su ropa era sucia y estaba rota y sus ojos grises denotaban miedo e incomprensión. El advenido se levantó instantáneamente y empezó a correr tirándolo al suelo de espaldas.

Se levantó lo más rápido que pudo y huyó en dirección a su cueva. No era consciente de sus movimientos, la adrenalina manejaba su cuerpo y le mandaba que buscara refugio, intentó tomar control de su respiración y así poder pensar algo con claridad. Era la primera vez que había alguien más aparte de él o los advenidos, la primera vez que el advenido se movía a plena luz del día sin motivo, pero la pregunta que más inquietud le producía era si de verdad la chica llevaba la “K” tatuada o eran imaginaciones suyas.

El sonido de los tambores le despertó de sus pensamientos. Aceleró el ritmo.

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