[Cierto día en algún lugar de nuestra historia.]
El profesor caminaba lentamente hacia la cabaña. La luz
de los candiles y el humo de la chimenea vislumbraban vida en su interior, pero él sabía que eso no era cierto. Recreaba en
su imaginación lo que había podido pasar en su refugio, el cual recordaba
perfectamente a oscuras antes de salir hacia su rutina mañanera. Aminoró aún
más la marcha agudizando sus sentidos. Sentía el crujir de la tierra húmeda compactándose
bajo sus botas mientras el aire le traía un viejo recuerdo. Tierra mojada, humo
y sangre; ella había estado allí. Se detuvo en seco y por primera vez en mucho
tiempo una sonrisa apareció en su rostro. Ella nunca dejaba a nadie
indiferente.
Empujó fuerte la puerta pues uno de los cadáveres la
atrancaba. Al fiambre le faltaba el brazo derecho con el que probablemente habría
intentado sacar un arma de fuego para matarla. También por el agujero de su
vientre se podía ver la falta de algunos
órganos internos pero el profesor carecía de conocimientos de anatomía para
enumerarlos. Dos pasos más adelante se
encontraba el otro. Tenía la cabeza separada del cuerpo, así que supuso que era
el líder de los dos, ella actuaba así. Le dio un suave golpe con la bota para
ver su rostro. Tenía pendientes, una cresta y una expresión de pavor que era
casi cómica en su piel blanquecida por
el miedo. Seguramente habría llorado y moqueado pidiendo piedad por su vida,
los de su clase siempre lo hacían; su soberbia y dignidad se perdían al
enfrentarse cara a cara con ella.
Ella estaba en una silla mirando el crepitar de las llamas.
Tiró el brazo con la pistola del primer cadáver a la hoguera y se levantó
mirando al profesor con una mirada que no pudo descifrar. A pesar de la masacre
no tenía ninguna gota de sangre en su ropa. Comenzó a andar hacia el profesor
mientras la silla en la que estaba
sentada comenzó a levitar a su lado.
-Siempre he querido decir “te estaba esperando” mientras me giraba en un
sillón pero mi querido amigo no tiene ni eso. ¿Qué tiene? Sillas de madera.
La silla arremetió de repente contra el profesor tirándolo al suelo.
-Sí, siéntate mejor en el suelo, no he acabado- prosiguió
ella mientras seguía avanzando hacia él- ¿Qué más tenemos? Ah sí, tenemos que has
dejado un rastro en tu “exilio” que hasta tú mismo, imbécil, podrías haberlo
seguido. Llevaban siguiéndote semanas y no te habrías dado cuenta hasta que una
de sus balas atravesase tu hueca cabeza y aun así tengo mis dudas. Pero claro,
el señor estaba tan ocupado en su vida solitaria. Si tu plan era llorar por las
esquinas del bosque hasta que las ardillas quisieran matarte por pesado, enhorabuena,
casi lo consigues.
El profesor se levantó cuando ella llegó a su altura. Ella
le pegó una bofetada produciéndole un corte en la mejilla.
- Limpia toda esta basura, coge lo necesario y sígueme. No
nos queda la mejor parte precisamente pero no vamos a dejar las cosas a medias.
Esto solo acabará cuando los dos estemos muertos y estoy segura que ninguno de
los dos dejará que eso le ocurra al otro. Como siempre digo: nada para la vuelta.
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