Kate perseguía la hoja de papel entre
las ruinas de lo que habían sido grandes rascacielos en la edad
antigua. Corría con dificultad por la multitud de prendas de abrigo
que llevaba encima pero consiguió alcanzarla.
El vaho que salía por su boca le hizo
ser consciente del fuerte sonido de su respiración y al girarse vio
el polvo que habían levantado sus pasos. A pesar de que aquella
ciudad fantasma parecía deshabitada era demasiado peligroso quedarse
a la intemperie. Dobló la hoja y la escondió dentro de uno de sus
guantes. Cerró el punto con el papel dentro y por un instante se
deleitó con su tacto. Había pasado demasiado tiempo desde la última
vez que pudo tocar una hoja de papel. Avanzó cautelosamente por los
esqueletos de civilización esquivando las grandes avenidas hasta que
estaba lo suficientemente alejada del lugar de su carrera. Entró en
un pequeño edificio cuyas paredes aún no habían cedido. Era buen
sitio para descansar y le resguardaría del viento. Cualquiera
pensaría aquello, por suerte para Kate nadie más había tenido la
suerte de razonar así.
Tras comprobar que el lugar estaba
desierto buscó un lugar con luz suficiente para poder examinar aquel
papel. Se dejó caer apoyándose en un muro, se quitó el guante y lo
contempló antes de empezar a leerlo. Estaba desgastado pero se
conservaba bastante bien para la edad que podía tener. Era una hoja
de diario escrita a mano. Aunque más bien parecía una crónica:
“Dos de agosto de aquel año.
El negro disolvía el horizonte. La
oscuridad derrumbaba a la esperanza antes de que llegase a germinar.
Era el paisaje rutinario con el que aprendieron a convivir. En el que
aprendieron a sobrevivir.
A lo largo de la historia el ser
humano ha planificado su vida a través de numerosos calendarios. La
climatología, el sol, la luna y otros tipos de astros han
condicionado la idoneidad de las acciones. En algunos suburbios
afirmaban que siglos atrás las grandes compañías llegaron a marcar
el paso del tiempo con el lanzamiento de sus productos. Quizás la
oscuridad había estado ahí siempre pero se había escondido tras la
luz de una pantalla hasta ser suficientemente fuerte.
Ellos dividían el tiempo en días
señalados para ser felices. Días donde se cerraba una etapa y
comenzaba otra nueva. No era una medida de tiempo muy convencional
pero tampoco ellos lo eran. Hoy era uno de esos días.
Existe una fuerza sin rival. Un
poder que no iluminaría la oscuridad, la haría arder para siempre.
Una bestia durmiente que se muestra en limitadas ocasiones y como
cada dos de agosto hacía su reverencia ante ella. Por alguna razón
esa fuerza la quería y todos los años en su día, dibujaba una
gigante silueta de una mariposa color escarlata entre las nubes
negras. Mariposa que se iba volando al terminar el día hasta
difuminarse.
Ambos tenían la costumbre de
contemplar el espectáculo en silencio. La expectativa de un color
diferente les hacía sentir bien. Al fin y al cabo era uno de esos
días. Estuvieran juntos o separados repetían el ritual sabiendo que
el otro estaba haciendo lo mismo. Se podía afirmar con seguridad que
eran felices a su manera esos días.
Esta vez estaban juntos. En una roca
comían más comida de lo habitual y de mejor calidad que habían ido
reservando para la celebración. El silencio fue interrumpido por el
viento que acompañaba a las alas de la mariposa que comenzaba a
despedirse. La hipnotizante criatura tenía un color diferente al de
cualquier otro año. Más vivo, más fuerte. Ambos lo habían pensado
durante todo el día pero ninguno se atrevió a decirlo en voz alta.
Sin embargo estaba ahí.”
Kate terminó de leer el fragmento del
diario y sonrió. Era el principio de un cuento que se le contaba a
los niños de los suburbios para explicarles su exilio. La historia
de los primeros hombres libres, el principio de la historia paralela
de los dueños del mundo.
Se dejó caer mientras el cansancio se
apoderaba de ella. Nunca había visto un papel escrito a mano. En los
suburbios había papel impreso con el que se le enseñaba a los niños
a leer pero tras ser obligada a llevar una vida de nómada no había
vuelto a ver ninguno. Una leyenda que le hubiese gustado que fuese
real. Con esos pensamientos se fue quedando dormida. Antes de que sus
ojos se cerraran completamente creyó ver el dibujo de una mariposa
roja en el muro de enfrente. Al despertar no había nada.
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